¿Es tan difícil resolver el problema del paro?

El problema del paro gravita sobre la sociedad española con una intensidad que no se da en otras sociedades. Pero lo más preocupante es el pesimismo que se detecta en la clase política y la opinión pública sobre las posibilidades de afrontar, con éxito, la resolución de esta lacra social.

El incremento del paro ha sido uno de los factores determinantes del crecimiento del gasto y del déficit público. El paro compromete otras necesidades sociales: seguridad en el trabajo y remuneración adecuada del mismo, promoción y desarrollo personal y profesional, nivel de seguridad pública y solvencia del sistema de Seguridad Social.

Es de destacar el despilfarro de recursos humanos que supone, especialmente de las generaciones jóvenes con una preparación más adaptada a las actuales necesidades técnicas y la insatisfacción social y política que genera, creando una masa desarraigada y propensa a comportamientos radicales.

¿Qué hacer?

Sin embargo, en otros países este problema ha encontrado solución, porque han sabido escoger una vía diferente a la nuestra. Bastaría, como pedimos en un artículo anterior (“¿Quién es el responsable de los recortes?”, 14 de julio de 2012), que nuestros dirigentes sindicales y políticos adaptaran sus métodos de trabajo, haciéndolos más productivos, y centraran su atención para la solución del paro en los tres sistemas económicos del mundo con menor desempleo para que entiendan, de una vez, que durante décadas hemos seguido un camino equivocado.

Y es que la resolución del paro depende fundamentalmente de la competitividad, de la amplitud y la diversificación del sector productivo, de la preparación técnica de sus ciudadanos y de las condiciones favorables para la generación de actividades empresariales. Es el camino del esfuerzo el que lleva al progreso de las naciones y no las buenas intenciones ni las promesas de los políticos, ni las movilizaciones sociales, que sólo aseguran el puesto de trabajo a unos pocos -los que están al frente de ellas-.

Si estos dirigentes, después de haber demostrado en las instituciones públicas que gestionaban su incapacidad para solucionar este problema, actualmente no han podido evitar los despidos y los ERE de sus compañeros en las propias organizaciones que presiden, ¿que garantía ofrecen de que van a resolver el paro de los demás?

Y, en cuanto a las movilizaciones, nos llevarán, sin solucionar ningún problema, a la conocida en todo el mundo como la vía griega para salir de la crisis, con sus previsibles efectos y, entre ellos, si se produce un deterioro de la imagen de solvencia y seriedad del país, a una elevación de tipo de interés que tenga que pagar el sector público a sus prestamistas, con ello a una reducción de los recursos para los servicios fundamentales e irremediablemente a mayores recortes sociales y a la ampliación de los despidos y del paro.

Espíritu emprendedor

En un reciente artículo publicamos que este país cambiaría totalmente si sus habitantes, desde su nacimiento, tuvieran en la cabeza un principio básico: el de que, si queremos tener el nivel de vida y los servicios públicos de los finlandeses o los alemanes, tendremos que estudiar y trabajar como ellos, aunque afortunadamente, no en la misma línea de productos. Ésta es la filosofía de nuestros clubes y deportistas de élite, que trabajan con más inteligencia e intensidad que los otros para ganarles.

La creación de empleo en las economías modernas va ligada especialmente a la afloración continuada de nuevas empresas pequeñas y medianas. Éstas utilizan más intensamente mano de obra y se van capitalizando con la generación de beneficios. En consecuencia, la generación de empleo no la realizan los que son empresarios, sino fundamentalmente los que no lo son y deciden serlo, ya que los avances tecnológicos ofrecen suficientes medios a los antiguos empresarios para incrementar la producción sin que lo hagan la plantillas.

Esto se agrava en etapas de recesión en que las empresas trabajan a medio gas, entonces, crecimientos de un 3% o superiores no servirán para crear empleo a corto plazo. Sólo después de un largo período de crecimiento continuado e intenso que eleve la facturación a niveles anteriores, se plantearán los actuales empresarios ampliar el número de trabajadores -si el marco legal sobre la ocupación lo incentiva y no lo impiden las innovaciones tecnológicas-.

En cuanto a la creación empresarial, ésta depende de la recuperación de los mercados que alimentan las expectativas de rentabilidad, porque, salvo casos de novedades de éxito, difícilmente se acometerán nuevos proyectos si los anteriores no pueden colocar gran parte de su producción. Y, en nuestro caso, la creación de puestos de trabajo ya no podrá venir de la fuente principal que abasteció el mercado laboral en la última expansión, el sector público y la construcción, sino del incremento de la competencia de nuestra producción y, para ello, hace falta un trabajo más cualificado y un profundo cambio de política económica.

No hacen falta ni los mismos trabajadores ni la misma preparación técnica para hacer casas que para hacer cosas (bienes y servicios) competitivos internacionalmente.

Más estímulo

Pero para conseguir una buena cosecha de estímulos empresariales es preciso que las condiciones ambientales lo propicien. Creo que hay una relación determinante entre el marco empresarial y el número de vocaciones. Cuanto más favorables sean las circunstancias que inciden en la decisión empresarial, mayor número de personas acometerán iniciativas productivas.

Para lograr que un gran número de ciudadanos, y entre ellos los más inteligentes y preparados, se decidan a iniciar actividades empresariales, perdiendo a veces un puesto de trabajo fijo e invirtiendo su tiempo, su patrimonio y su esfuerzo físico, éstos han de tener una compensación social y económica adecuada.

El tipo de compensación varía según el carácter, los hábitos y las normas de las sociedades. Cada sociedad tiene un punto de equilibrio diferente; no es igual, por ejemplo, una sociedad perezosa que una trabajadora. Pero en todas ellas el incremento de incentivos produce efectos positivos en el ánimo de los agentes económicos.

Sin embargo, si se va mermando el beneficio esperado mediante el incremento de gastos sobre el inicio y desarrollo de la actividad, renta anual, patrimonio invertido en la empresa, transmisión de bienes inter vivos y en el momento de la sucesión familiar, es lógico que la iniciativa empresarial se acomode a este cambio de rentabilidad. Cada vez encontraremos menor número de ciudadanos dispuesto a asumir riesgos empresariales.

Si empresas con tradición y seriedad reconocidas, con clientela consolidada, con productos de éxito y con patrimonio, se han visto abocadas al cierre por falta de financiación, siendo una de las principales causas del gran crecimiento del paro, ¿cómo se van a financiar las nuevas para iniciar sus actividades? Hace falta una reordenación de los recursos financieros dirigiéndolos preferentemente a las actividades productivas, único camino para que, con el crecimiento de la renta y el trabajo, el sector público reduzca sus gastos de atención al desempleo e incremente sus ingresos para financiar sus funciones esenciales.

Y, si la reducción de beneficios va acompañada de un marco laboral desincentivador de la contratación -por su coste, riesgo y complejidad-, del aumento de la presión administrativa sobre la gestión del empresario y de su responsabilidad, de una actuación del sector público poco favorable, de un deterioro general del entorno económico que incide en la solvencia de clientes y proveedores, y si incluso no hay un reconocimiento social adecuado, están creadas las condiciones para la castración de la actividad empresarial.

Mejores condiciones

Mientras las estadísticas sobre el número de autónomos y pequeños empresarios continúen ofreciendo un resultado negativo es imposible técnicamente que el paro se reduzca. Sólo cuando el número de emprendedores supere el de los que cierran, la tendencia al desempleo cambiará de dirección. Y para ello se han de dar las condiciones legales y económicas propicias y que el motor de la confianza empresarial se ponga en marcha.

Si la reducción de la capacidad productiva y laboral fuera compensada por las aportaciones de los que claman por la eliminación o reducción de los beneficios empresariales u otro grupo de ciudadanos desinteresados, el nivel de vida y de empleo de la población no se resentiría, pero esto no siempre sucede. Daniel Iborra Fort, analista de inversiones. El Economista


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